La nutrición en la tercera edad no es un detalle: influye directamente en la aparición de enfermedades crónicas, en la calidad de vida y en la capacidad de mantenerse independiente. Y, sin embargo, es uno de los aspectos que más se descuida, ya sea por falta de acceso a alimentos frescos, por depresión, por sedentarismo o simplemente por comer solo. Una alimentación cuidada en esta etapa incluye al menos cinco porciones diarias de frutas y verduras, cereales integrales, legumbres y tubérculos como fuente principal de carbohidratos, y proteína de calidad (carnes magras, pescado, huevo, lácteos, frutos secos) en cantidad suficiente. Conviene limitar la sal, el azúcar añadido y las grasas saturadas, y no descuidar el agua: la sed disminuye con la edad, lo que aumenta el riesgo de deshidratación sin que la persona lo note. Comer bien no es solo una decisión individual: requiere apoyo familiar para facilitar el acceso a los alimentos y, cuando hace falta, el acompañamiento de un nutricionista. Cuando el entorno no puede cubrir esa necesidad, un espacio especializado en cuidado integral marca la diferencia.
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