Cuidar a un padre o una madre mayor es una responsabilidad que muchos hijos asumen con amor, pero dejar el trabajo para hacerlo tiene consecuencias que conviene pensar con calma. La más obvia es económica: se pierde el salario, las prestaciones y la cotización para la jubilación futura. Pero hay otra igual de real y menos hablada: el desgaste emocional. Cuidar a una persona dependiente es agotador, y perder el contacto laboral, los compañeros, el reconocimiento, la rutina propia, puede afectar la autoestima y el ánimo del cuidador. Hay otro riesgo más sutil: sin darnos cuenta, podemos sobreproteger o infantilizar a nuestros padres, haciéndolos sentir una carga en lugar de respetar su autonomía. Un centro geriátrico con buen trato humano no es abandonar a un padre. Al contrario: permite que reciba atención especializada de un equipo dedicado, mientras la familia mantiene su propia vida y sigue presente con visitas frecuentes y contacto cercano. Muchas veces esa combinación resulta mejor para todos que la renuncia total de uno de los hijos.

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